4 Escuela de Ingenieria
Estudié ingeniería civil en Santiago, en la sede de Beauchef de la Universidad de Chile.
Cuando entré a la universidad tuve que residenciarme en Santiago.
Al efecto me recibió la hermana de mi madre, la tía Fe, en su domicilio en Tabaré 721
detrás de una cancha de fútbol cuya alta pared la separaba de la calle, esto, a la altura de
la iglesia de Recoleta Dominica.
Para ir a clases caminaba hasta la avenida Recoleta, tomaba una micro hasta Alameda
donde peleaba por subirme a la liebre Manuel Montt - Cerrillos, de la que me bajaba en
18 de septiembre para caminar hasta la escuela en Beauchef.
Pasados dos años mi adorable tía Fe, mujer cariñosa, amable, generosa, cálida y buena
cocinera me echó de su casa porque yo era demasiado ágil.
Me explico: en las noches llegaba en taxi hasta frente a nuestro domicilio y como no tenía
dinero para pagar el taxi saltaba la altísima pared de la cancha de fútbol de Recoleta y me
quedaba ahí hasta que el taxista, cansado de esperar por mí, desaparecía. Entonces yo
saltaba la pared de regreso y entraba a casa de mi tía Fe.
Como esto generaba algún revuelo en el barrio mi tía se cansó de mi y le hizo ver a mi
madre que se hacía necesario encontrar otra residencia para el estudiante.
Entonces empecé a vivir en diversas miserables pensiones de las cuales o me cansaba o se
cansaban de mí hasta que paré en el Pensionado José María Caro, en la calle 18 de
septiembre, donde residí algo más de un año hasta que me echaron.
Después de ello viví en varias pensiones hasta que me establecí en una en calle Toesca
donde la dueña de la pensión orinaba de pie y donde su esposo un enorme sujeto vestido
de negro era un vago.
Ahí compartí dormitorio con Marko Didyk, un tío de pocas palabras a quien le costaba
mucho pronunciar algunas letras o algunos sonidos, quien luego llegó a ser Director de
Minería de Codelco.
Muchos años después invité a Marko a almorzar en el restaurant Geraldine. Durante el
almuerzo, para mi sorpresa, me confió que siempre le pareció extraño que habiendo
compartido dormitorio durante dos años nunca me hubiera visto el pene.
Lamentablemente el comedor del restorán no era lugar adecuado para atender la
curiosidad de Marko.
En nuestro primer año de ingeniería, el profesor Mellado, un tipo pequeñito de aspecto
mapuche, terno azul oscuro brilloso de tanto uso y zapatos negros llegaba y sin decir
palabra se ponía escribir en la pizarra.
Se escuchaba frenético el golpe de la tiza sobre la pizarra que era de todo el ancho del
anfiteatro en el cual estábamos sentados frente a él.
Escribía tres columnas de información.
Cuando terminaba la tercera columna borraba la primera y empezaba a escribir una nueva
primera columna. Normalmente no lo interrumpíamos y en eso consistía toda la clase de
una y media a dos horas de duración.
A veces alguien lo interrumpía: “profesor: con respecto a lo que acaba de escribir, en el
libro tal se sostiene otra cosa”. Entonces Mellado, siempre electrizante, borraba una de
las tres pizarras y comenzaba a escribir mientras explicaba “en ese libro lo que dice es lo
siguiente”. Escribía como si estuviera leyendo del libro. “Pero eso está malo por esto, esto,
esto y lo otro. Escribía corrigiendo y golpeando con la tiza lo que de memoria había
transcrito del libro que había sido mencionado. “Y por consiguiente no es válido lo que se
plantea en el libro que usted menciona, joven”.
Entonces borraba todo lo recién escrito y seguía en su plan de escribir y borrar tercios de
la gran pizarra.
En una ocasión Mellado terminó de escribir todo lo relativo a la teoría de conjuntos, la que
terminaba con un conjunto llamado “espacio vectorial de ene dimensiones”, y sin decir
palabra y sin hacer señal alguna que destacara la importancia del cambio que estábamos
enfrentando, empezó a desarrollar la teoría de los números: “el uno es un natural. El
sucesor de todo natural es otro natural…etc.”, lo que le tomó alrededor de dos meses de
golpear la pizarra y culminó con la definición de un conjunto que Mellado esperaba que
alguno de nosotros, los 150 alumnos, pudiera decirle de qué se trataba.
Empezó a interrogarnos uno a uno: “usted, señor… usted señor… usted señor… pasó por la
primera fila y después seguió por la segunda fila del anfiteatro: “usted, señor, ¿que es esto
que acabamos de definir”. Como nadie era capaz de responder acertadamente Mellado se
jalaba el pelo y decía “si nadie me dice qué conjunto es éste que acabamos de definir
entonces no les seguiré dando clases.”
Y nosotros asustados de que el gran pequeño Mellado fuera a abandonarnos
Mellado continuaba desesperado interrogándonos uno por uno recorriendo las filas del
anfiteatro hasta que llegó al centro de la fila mas alta donde Eyeramendi, probablemente
el compañero más pintoresco que me tocó en la universidad, tipo que andaba siempre de
impermeable y con un blanco gorro de playa y que llegaba muy temprano, dibujaba en la
pizarra una enorme insignia del club de futbol Colo Colo y se iba a sentar a la fila más alta
en el centro del anfiteatro donde se instalaba leer novelas de Marcial la Fuente Estefanía,
autor de novelitas de vaqueros que se vendían en tamaño mitad bolsillo.
Cuando Mellado llegó con su consulta hasta la fila mas alta, a medida que su histérico
índice se acercaba al asiento de Eyheramendi los compañeros próximos a él lo sacaron de
su lectura del libro de vaqueros.
Cuando Mellado le preguntó “señor, qué conjunto es éste?” Eyeramendi le contestó “un
espacio vectorial de ene dimensiones”.
Mellado saltó de alegría y dijo “por fin alguien sabe de qué se trata”.
Despues de un momento Mellado le preguntó:
¿Por qué, señor, este conjunto es un espacio vectorial de ene dimensiones?.
Eyeramendi, que hacía dos meses que no ponía atención acerca de qué se trataban las
clases de Mellado, le dijo “bueno… como Ud. estaba hablando de eso…”
Entonces Mellado comprendió que hacía ya dos meses que Eyeramendi no ponía atención
en clases. Vociferó desde la puerta del salón que no seguiría dándonos clases porque
éramos un grupo que no servía para nada.
Pocos días despues algunos estudiantes consiguieron que Mellado depusiera su actitud y
siguiera golpeando el pizarron con la tiza.
Durante el primer año de ingeniería tuvimos otros grandes profesores, entre ellos el de
geometría, señor Garrido.
En segúndo año el profesor Graven, de Termodinámica, comenzaba su clase con la
muletilla “una cosa por otra” después de lo cual escribía alguna fórmula en la pizarra, con
lo cual nos dejó la convicción de que la termodinámica en un campo desconocido acerca
del cual no existe conocimiento científico.
En la escuela de ingeniería el método de enseñanza era competencia simple. En cada
materia, que era de duración anual, nos hacían cinco a diez días evaluaciones o pruebas
durante el año. Si en todas las materias lograbas tener un promedio de más de tres coma
cinco, tenías derecho a rendir exámenes en todas las materias. Si en 3 o mas materias no
alcanzabas el promedio, repetías el año completo.
Como el régimen de pruebas era demasiado exigente, dado que eran muchas las pruebas
y que era mucho lo que se jugaba en ellas, se generaba un vicio cual es que tan pronto en
cualquier materia uno ya había conseguido superar la valla del tres coma cinco, entonces
se abandonaba esa materia o no se le daba ninguna importancia y el alumno se
concentraba en lograr el promedio mínimo en las restantes materias. En resumen, el
alumno se convertía en un sujeto que estaba permanentemente sacando cuentas y que
tenía objetivos muy precisos absolutamente ajenos al conocimiento y a la destreza como
no fuera la destreza de obtener los promedios mínimos necesarios para no repetir el año.
En segundo año cometí el error de enemistarme con el profesor Almendras, de la cátedra
de Cálculo, quien tenía fama de ser un gran estudioso y de quien se decía que había
estado entre los que desentrañaron el testamento científico de Einstein.
Asistíamos a sus clases en una sala que ya no era anfiteatro y en la que habíamos muchos
más estudiantes que los que razonablemente cabíamos, lo que nos obligaba a algunos a
asistir sentados en los marcos de las ventanas. El profesor llevaba semanas enseñándonos
los teoremas previos a la integral de Riemann, todo lo cual desataba en nosotros un
inmenso aburrimiento.
Llegó el momento en que me paré en medio de la sala y le dije “profesor, cuando termine
con las integrales de Riemann me avisa. Estaré jugando futbolito en las canchas de la
facultad”.
El profesor, hombre de bastante edad, no reaccionó de manera alguna y guardó la ofensa
hasta el año siguiente, cuando tuvo la oportunidad de reprobarme en mi examen de
marzo y con ello contribuyó a que yo repitiera el tercer año de ingeniería, lo que me
generó un conflicto personal de importancia porque me golpeó brutalmente en el orgullo
y en mi convicción de infalibilidad.
En realidad di ese examen de cálculo en marzo porque no lo presenté en diciembre
porque me fui de viaje durante el periodo de exámenes, dado lo cual dejé varios de ellos
para marzo, mes en el que también reprobé el química con lo cual repetí el año y entré en
mi primer conflicto intelectual personal.
Cuándo entré en la universidad recién estaba naciendo el mundo de la computación o
informática.
En segundo de ingeniería empecé a programar en el computador del que disponía la
escuela, que era un equipo del tamaño de una sala, al cual se le entregaban los programas
en un rollo de cinta de papel de alrededor de 2 cm de altura y vaya uno a saber cuántos
metros de largo, en el cual uno programaba escribiendo en un maquinita que perforaba la
cinta con huequitos en hexadecimal binario. Era necesario llevar el control de cada una de
las casillas dentro del computador donde uno guardaba cada letra o cada unidad de
información.
Se entregaba el disco metálico de aluminio que contenía el rollo de papel perforado y al
día siguiente o subsiguiente se recibía de vuelta la impresión del resultado del programa
desarrollado o una lista de los errores que tenía el programa y que debía ser corregidos.
Durante toda mi vida estuve programando pero sobretodo y muy especialmente en esa
época en que primero se programaba en lenguaje de máquina y después en Assembler,
Fortran y otros lenguajes. Hoy lo hago en Python.
Mis avances en esta área llegaron hasta el momento en que mi profesor de computación
tuvo que irse a Estados Unidos invitado por una univerrsidad.
Me invitó a irme con él a trabajar en programas que simulan el pensamiento humano,
pero no quise partir porque mi unico pensamiento humano era “la Cocha”, una hermosa
muchachita de Viña del Mar, razón por la cual no estaba dispuesto a alejarme de Chile de
modo que no acepté su oferta que sin duda debí haber tomado.
Al año siguiente arrancó la carrera de computación, en la que me inscribí en paralelo a la
carrera de ingeniería. Así tuve oportunidad de estudiar entre muchas otras cosas el
sistema IBM 360, puesto que estaba por llegar a la universidad un gran computador de
este modelo que reemplazaría al enorme equipo con el que veníamos trabajando.
Para estudiar programación en el sistema IBM 360 nos entregaron varios manuales que
teníamos que aprender enteramente de modo que el día que tuviéramos el privilegio de
pararnos delante de un IBM 360 supiéramos exactamente cómo se usa cada uno de sus
partes y pudiéramos tanto hacer uso de su sistema operativo como correr programas,
imprimir y hacer todas las cosas que en esa época venían en forma separada y no
integradas como ocurre hoy. Mientras cursaba el tercer año de ingeniería terminé la
carrera de computación.
Tuve entonces la oportunidad de desarrollarme mucho en el área de programación y así
llegó el día, en sexto de ingeniería, en el ramo “Aplicación de computadores al cálculo de
estructuras” en cuyo examen final desarrollé el programa correspondiente a la fila A, en
que yo me encontraba, y también le hice su programa a mi querido compañero Rodrigo
García Pizarro, que estaba en la fila B.
Cuando entregó los resultados, el profesor Guendelman informó a toda la clase que sólo
dos personas habían sido capaces de desarrollar el programa del examen: un alumno en la
fila A y un alumno en la fila B, ambos de apelldo García, y tuvo la estupidez de destacar
que le asombraba que uno de esos dos alumnos fuera yo, de quién tenía la peor
impresión.
El profesor de hidráulica o mecánica de fluidos que me tocó elegir, porque llegué tarde y
ya los cupos con el profesor con el que quería estudiar estaban copados, fue Sergio
Montes un tipo verdaderamente brillante y singular.
La primera prueba que nos hizo Montes fue acerca de la “capa límite”. En la prueba nos
entregó los planos topográficos de Ciudad Gótica y nos pedía definir la ordenanza de
urbanismo de la Ciudad. Nos fue dificil imaginar que ese era un problema de capa límite.
Fui el único alumno que logró imaginarlo, con lo cual poco a poco fui desarrollando el
prestigio de ser un buen estudiante o al menos el mejor en la clase de Sergio Montes.
Durante todo el año en ingeniería teníamos varias pruebas cada semana.
Una mañana me fui caminando hasta la universidad acompañado de mi gran amigo
Fernando González.
Camino a clases Fernando me informó que teníamos prueba de funciones de variable
compleja. Dado que yo ignoraba del todo el tema, le pedí que me informara sobre los
números complejos. En el camino me explicó que hay tres definiciones para un número
complejo (a, bi); (a + bi) y “a elevado a iFi”.
Con ese inmenso bagaje cognocitivo enfrenté la prueba de funciones de variables
complejas y obtuve la única nota máxima entre los más de 100 estudiantes de tercero de
ingeniería.
El hecho de irme caminando con Fernando hasta la escuela para que me contara de qué se
trataba la prueba de ese día era derivado en mi costumbre de salir todas las noches a
emborracharnos con mi amigo Meneses, con quien compartía en el pensionado cardenal
José María Caro.
Salíamos todos los días sin excepción.
Para financiar nuestras borracheras diarias vendíamos los antiguos enormes libros de la
biblioteca del pensionado.
Meneses, tenía un defecto de nacimiento que hacía que cuando él abría la boca le sonara
un golpe, “toc”.
Acostumbraba cada noche a nuestro regreso al pensionado, patear hasta dejar
semidestruido el kiosko donde algien a quien no conocíamos vendía periódicos y golosinas
y a quien Meneses llamaba Constantino dado que todos los días cuando nos
levantábamos, ya después de almuerzo, el kiosco de Constantino estaba perfectamente
reconstruido.
Y así fue hasta una noche que nos esperaron en esa esquina y cuando Meneses fue a
caerle a patadas al kiosco alguien salió de la esquina y le dio una feroz trompada en la
cara. Al día siguiente Meneses amaneció con la cara muy hinchada. Días despues pudo
observar que el toc de su mandibula habia desaparecido para siempre.
Una vez al mes iba con Meneses a disfrutar de la borrachera de la asociación de ciegos de
Santiago. La cena se desarrollaba en un restaurant cercano al pensionado. Acudían a ella
entre 30 y 50 ciegos que al comienzo de la noche navegaban con inmensa destreza entre
sillas y mesas.
Al cabo de un par de horas mesas y sillas estaban regadas y tumbadas por todas partes, al
igual que los ciegos que trataban de abrirse paso hacia la puerta o los baños. El caos era
indescriptible.
Durante nuestra estadía en el pensionado Cardenal Caro, acompañado por el propio
Meneses organicé la representación de una obra de teatro de Durrenmat que fue todo un
éxito. El personaje principal de sta obra era un tal Furchgott Hoffer, teme a dios Hoffer.
Era tradición que el pensionado Cardenal Caro, solo de varones, y otros vecino, solo para
mujeres se reunieran anualmente a celebrar un clásico universitario en la cancha de
básquetbol del pensionado. Los representantes de la Universidad de Chile y la Universidad
Católica competían en quién hacía un clásico más atractivo.
Escribí y dirigí la presentación de la Universidad de Chile. El espectáculo resultó
inolvidable. Todavía recuerdo las caracajadas de los asistentes durante los momentos
mejor logrados. Ganamos el clásico. Me trataron con gran deferencia en mi condición de
autor, actor y director.
Durante esos tal vez cinco años de borracheras diarias, muchas veces me encontraba solo
tomando en algún cafetín o restaurant de mala muerte.
Rodeado de borrachos y fracasados me decía a mí mismo que cualquier persona que
entrara a ese lugar y me viera uno más en ese grupo de borrachos pensaría que mi vida
estaba destruida para siempre siendo yo tan joven y que mi condición no tenía remedio.
Mis amigos pensaban que yo era alcohólico. Mi madre temía lo mismo.
Yo jamás me sentí alcohólico ni pensé que iba fracasar.
Nunca me sentí complicado por esta condición de tremendo borracho que me
caracterizaba.
Al menos un par de veces llegué tan borracho a rendir un examen de fin de año en la
escuela de ingeniería que durante el examen vomité encima de las hojas sobre la que
estaba escribiendo, lo que condujo a que fuera reprobado en esa materia.
Así de dura o fascinante es la vida para las personas que nos distraemos en extremo.
Meneses conocía al loco Bahamondes, el otro borracho consuetudinario de la escuela de
Ingeniería.
Meneses organizó las cosas para que los dos mayores alcoholicos de la facultad de
ingeniería nos conociéramos.
Como es de imaginar, nos emborrachamos hasta llegar a ser excelentes amigos.
Años después, siendo yo director de la escuela de Construcción Civil de la Universidad de
Chile de Valparaíso, el loco Bahamondes a apareció acompañado de una rubia muy
atractiva.
Me invitaron al informal matrimonio que iban a sostener esa misma semana.
Fue un inmenso placer acompañar al loco Bahamondes en este día tan importante de su
vida. Nunca más supe de ellos.
Durante mi tercer o cuarto año de ingeniería hubo una gran huelga en la que los
estudiantes se tomaron las diversas sedes de la universidad.
Yo vivía cerca de la universidad y permanecía ajeno a toda la problemática política
estudiantil pero como era aventurero en las noches saltaba los muros de la universidad y
me acercaba a los grupos dirigentes que se quedaban a esa hora discutiendo y escribiendo
documentos.
Pronto era yo quien redactaba los documentos.
Empecé a tener una fuerte participación en el movimiento estudiantil.
Cuando finalmente triunfamos, entre lo logrado estuvo que se construyera un edificio en
medio de la sede de la escuela ingeniería, el que fue bautizado como el edificio de
humanidades. Fue destinado a albergar a los profesores y a las actividades de
humanidades que serían complementarias de la formación que estábamos recibiendo los
ingenieros, formación que los estudiantes cuestionábamos como demasiado profesional y
poco humanista.
Poco después de inaugurado el edificio en cuestión un profesor de sociología me invitó a
su oficina. Mientras conversábamos acerca de literatura me preguntó si yo leía los
clásicos. En mi ignorancia le contesté que los clásicos ya están pasado de moda y que lo
que yo leia entonces, con Rodrigo Flores hijo, entre otras cosas era la Nouvelle Revue
Francaise a la que estaba suscrito el padre de éste y, en particular que en esa revista
éramos muy aficionados a las obras de quién décadas después sería Premio Nobel de
literatura: Le Clezio.
El último año de Ingeniería Civil, a pesar de que yo estudiaba la especialidad de
Estructuras observé que en la especialidad de Transportes estaba el profesor Georges
Moguilny, ingeniero jefe del Laboratorio Central de Hidráulica de París. Me pareció de
interés inscribirme en su curso de Diseño de Obras Marítimas para aprender esta
importante disciplina de manos de un experto
Fue la primera vez en mi vida que tuve cuadernos en los que cuidadosamente dibujé y
anoté los ejemplos y recomendaciones que nos daba el profesor Moguilny.
Cuando terminé el sexto de ingeniería el profesor Moguilny me ofreció trabajar con él en
Ministerio de Obras Públicas para desarrollar un proyecto de Puerto que él había
concebido para Coronel donde las obras viales llegaban hasta la parte alta de un
acantilado desde el cual por andarivel se bajarían las cargas hasta el larguísimo muelle.
Trabajé algunos meses en este proyecto en el Ministerio de Obras Públicas hasta que llegó
el día en que Moguilny fue trasladado de regreso a Francia, momento que el director de
Obras Portuarias aprovechó para suspender el desarrollo del proyecto de Coronel para
desarrollar el proyecto de un puerto tradicional en esa localidad.
El propio director de Obras Portuarias se asignó este proyecto para desarrollarlo como
trabajo particular para lo cual renunció a la dirección a su cargo, lo que pone de
manifiesto que la corrupción en Chile siempre ha existido.
Quedé sin el proyecto en el que estaba trabajando.
Se me asignó el diseño del puerto de Bahía Catalina, en Punta Arenas, proyecto que me
sirvió de memoria del título y que para mi asombro décadas después se empezó a
construir.
Esta memoria de Titulo me tomó varios años y se materializó en un libro de mas de 200
páginas, tamaño oficio, y 72 planos.